La presencia de muerte, la ausencia de Dios, es una realidad con la que convivimos a diario. Pero no le prestamos atención porque es debilidad y límite, solemos huir de ella, tendemos a valorarla negativamente. El adviento nos enseña a transformar esas experiencias en grito: Ven, Señor, Jesús. Tú tienes que traerme la vida donde encuentro muerte, tu presencia donde vivo en soledad.