El amor y otras idioteces – Entrevista de Joseph B Macgregor

José Pedro Manglano Castellary aparte de escritor y docente es sacerdote, doctor en filosofía, teólogo. Algunos de sus libros han llegado a superar las diez ediciones y fueron traducidos al inglés, al italiano, al portugués y al polaco. Actualmente están traduciendo algunos al francés. Manglano fue finalista además del Premio Espiritualidad Martínez Roca. Compagina su afición por la escritura con la celebración de conferencias y cursos en colegios, asociaciones culturales y universidades (en algunas de ellas ha desarrollado la actividad docente).

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Es autor de 22 maneras de caerse bien (Planeta), La misa, antes, durante y después (19 ediciones), Construir el amor (5 ediciones), Dios en off (9 ediciones), ¿Se puede aprender a sufrir? (7 ediciones) y El libro de la misa, publicado por Editorial Planeta en 2004 (5 ediciones).

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En el año 2007, Manglano publica “El amor y otras idioteces” (Planeta). A través de numerosas citas literarias (Kundera, Octavio Paz, Ernesto Sábato, Rosseau, Tolstoi, C.S. Lewis etc.) el autor reflexiona acerca de por qué y cómo nos enamoramos y nos desenamoramos, por qué hay parejas que duran más que otras, por qué hay encuentros sexuales que funcionan y otros no… y nos aporta soluciones para poder hacer que nuestras relaciones sentimentales duren lo más posible.

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¿Cómo surge la idea de hacer un libro sobre el amor relacionándolo con textos literarios?

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Es más sabio quien logra un conocimiento más profundo de cómo son las cosas. El sabio deja que la realidad le mida, y no pretende ser él quien da la medida a la realidad.

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Pienso que la literatura nos da el pulso de la vida. Cuando la literatura es sincera, es biográfica. A partir de cómo son las cosas y cómo nos las cuentan los novelistas, es fácil ponerse a pensar. La fenomenología es buen punto de partida.

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Por otra parte, la transmisión de experiencias siempre va acompañada –queramos o no- de una interpretación. Hay diversos modos de entender al ser humano, el amor, el cuerpo y la sexualidad, la pareja…

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Me parecía que éste era un buen modo de abordar el tema: acercarnos a una diversa y variada experiencia narrada con belleza y sutileza, estudiarla… y dejar al lector que vea qué forma le parece más ajustada a la felicidad buscada.

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¿De qué modo elegiste los textos? ¿Con qué criterio los escogiste?

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Es lo que menos me costó. Primero fue el esquema del libro, un esquema lógico muy breve, de seis palabras: yo, amor, pareja, matrimonio, cuerpo-sexo, felicidad, que corresponde a los seis capítulos del libro. Después, al pensar en una de esas palabras, rápidamente me venían a la mente textos que expresaban de maravilla alguna experiencia o un modo de entender aquello. Solo quedaba seleccionar las palabras, ordenarla, buscar otros relatos diversos, y explicitar la antropología que había detrás sustentando esos distintos modos de entender la misma realidad.

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¿No crees que a veces las citas literarias son demasiado extensas?

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Es posible, sobre todo en el primer capítulo. Me gustan tanto que, como la madre que corta raciones a sus hijos, en el último momento terminaba por ampliar el pedazo. Por lo que me ha llegado de la crítica, el objetivo está conseguido: uno se hace cargo del protagonista y su mundo interior. He procurado que cada texto fuese como una gran lupa puesta sobre un punto muy concreto. Solo con que muchos se animasen a leer algunas de las novelas citadas… ya estaría satisfecho.

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En el libro describes dos tipos de relación sentimental que se plantean entre los seres humanos: Una en la que los amantes son como dos átomos unidos por la química, es decir: “a la chica la amo porque es buena para mí, porque produce efectos positivos en mí […] que es tanto como decir: Ella es buena porque la amo. Es decir, la relación de un sujeto (el amante) con un objeto (el amado) dotado de ciertas capacidades. Puedes explicar a nuestros lectores en que consiste exactamente esta concepción del amor.

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Se trata de la inquietante cuestión que se planteaba el joven Tolstoi durante su enamoramiento: qué pasaría si esto no fuese amor sino deseo de amar. No se trata de rizar el rizo, sino de andar sobre suelo firme o sobre una fina capa de hielo que tarde o temprano no será capaz de aguantar el peso de la realidad.

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Los últimos siglos, una filosofía determinada ha entendido que el amor es algo pasional y subjetivo, una realidad que se padece y que la persona no puede dirigir, que se le escapa a su libertad… En un momento de la vida uno es envuelto en esa nube mágica, pero la experiencia muestra que no suele tener larga vida. Se despierta en un momento con una determinada persona, pero parece que se gasta, que el acostumbramiento consume la magia, y aquella persona que tuvo la capacidad de que en mí se iniciase ese fuego llamado amor… ya no dice nada. En muchas vidas aparecerá otra persona capaz de volver a prender aquel fuego, y entonces se asiste maravillado a otro enamoramiento. El dios Eros nos diviniza caprichosamente con ocasión de unas personas u otras.

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En esta concepción del amor, el sentimiento manda. El problema es que no tiene ningún criterio fuera de sus sensaciones. A lo mejor adquirí compromisos con la pareja, o tengo un hijo de meses o todavía estoy embarazada, o quien despierta mi enamoramiento es otra persona del mismo sexo, o me la despiertan varias personas a la vez y no es exclusiva mi entrega… Todo vale mientras la pasión sea verdadera. Quienes así piensan, en consonancia con Nietzsche, afirmarán que la ética ahoga la pasión, trunca nuestra capacidad de grandeza, nos somete e impide que viva el super-yo, no permite que me comporte como el dios que soy.

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Sí, el amor así entendido no hace referencia a un tú, no es referencial. Bueno, sí hace una referencia al otro, pero se refiere a él de manera accidental, esto es, el otro es ocasión de que yo me sienta enamorado. Podríamos decir: el otro no tiene nada que ver con mi amor en sí mismo, solamente es ocasión de que yo ame.

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¿No crees que este tipo de pareja es la que más abunda en la sociedad actual?

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Así es. Ahora mismo, el mundo de la música, de la poesía, de la literatura, de la televisión, de la publicidad… proponen el amor así entendido. Pienso que es lo que toca: se vende como una nueva cota de libertad, porque conseguimos eliminar el compromiso y las obligaciones generadas, logramos disponer de nuestro futuro sin que el pasado limite posibilidades… Esta ideología está convencida de que en cuanto se extienda, esa enfermedad de la conciencia la superaremos, y entonces obraremos con libertad y sin pesar de conciencia.

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Sí, es lo que más abunda, y es lo que toca. Pronto, en una o dos generaciones, veremos que el péndulo hace fuerza para volver en sentido contrario. Redescubriremos que el compromiso no esclaviza sino que libera, que vale la pena vivir para ser más y no para tener más, que la fidelidad garantiza la felicidad… y que los sufrimientos que genera este comportamiento caprichoso no valen la pena porque nos llevan a una vida en la que, al final, solo se encierra vacío, aire, subjetividad, sensaciones… Los hijos sufren la irracionalidad del amor de sus padres, y no querrán que los suyos pasen por lo mismo. Casi a diario me tropiezo con esta reacción entre los jóvenes.

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¿En qué medida este amor tiene que ver con la imaginación?

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En gran medida. Es conocida la metáfora de Stendhal, su teoría de la cristalización. Dice así: si en las minas de Salzburgo se arroja una rama de arbusto y se recoge al día siguiente, aparece transformada. La humilde forma botánica se ha cubierto de irisados cristales que recaman prodigiosamente su aspecto. Según Stendhal, en el alma capaz de amor acontece un proceso semejante. La imagen real de una mujer cae dentro del alma masculina y poco a poco se va recamando de superposiciones imaginarias que acumulan, sobre la imagen, toda posible perfección.

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Más claro todavía lo dice Rousseau, que quizá sea el filósofo que más ha influido en el modo de entender el amor en el mundo moderno. Dice: “¿Y qué es el verdadero amor sino una quimera, una mentira y una ilusión? Amamos la imagen que fabricamos para nosotros mismos más que el objeto al cual la aplicamos”.

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Como ves, tiene que ver mucho con la imaginación. Cada lector puede sacar sus conclusiones.

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En tu opinión, existe otra concepción del amor a la que llamas “el amor de un tú” (amo al amado porque es él), es decir en la que amamos a la persona en sí, no las cosas que ésta nos puede aportar o porque nos llene un hueco que hasta entonces permanecía vacío. Éste sería un amor mucho más “maduro” que el otro, mientras que el primero tendría características más adolescentes…

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Efectivamente. Al amor le acompañan sensaciones, pero las sensaciones no son el amor. El amor es una cierta unión transformadora. Si a un enamorado le propusiésemos quitar a su amada e inyectarle las sustancias químicas adecuadas que produjeran en él la misma sensación y bienestar que le produce su amor por fulanita, pero además de manera segura y estable… nos diría: ‘¡No! Yo quiero a fulanita’. Pues a eso me refiero. El amor es amor a un tú, a tal persona. Los sentimientos serán cambiantes, pero la unión será progresiva, creciente, susceptible de ser cada día más real.

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Además “el amor de un tú” sería un tipo de amor íntimamente unido a la realidad. Amamos a la persona real, no a las que nos imaginamos.

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Eso pienso yo. El joven espera del amor una situación emocional duradera, intensa y estable. Sin embargo, pronto descubre que no es así. El amor es algo mucho más interesante y complejo. No es una línea recta. No está entero y maduro en la mano desde el primer día. Cada día vamos redescubriendo el tú, cada día más real, más rico y más necesitado al mismo tiempo. Te voy a copiar un sms que recibía hace un par de días. Después de decirme el objeto del mensaje, añadía: “Fulanita (su novia) es mejor cada día, en serio. ¡Solomillo! Intento estar a su altura!”. Con independencia de lo más o menos poético de ver en ella solomillo, lo que vive es genuino. ¡Y lo que le queda!

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De estas dos formas de vivir el amor surgen dos tipos de pareja: en primer lugar, aquella en la que los amantes son un par de átomos unidos por la química o por la necesidades que colman el uno al otro, la relación se convertirá en una agrupación de dos personas que se mueven por medio de pactos, contratos… y en la que los implicados mantendrán siempre una actitud defensiva con respecto al otro, para evitar intromisiones en la vida de cada cual.

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Si entendemos al hombre y mujer como individuo que es libertad e indeterminación, entonces el amor no es una realidad que le trasciende. Para el individuo-átomo el amor es una realidad meramente subjetiva. La unión la hago yo en la medida que yo decido. Me agrupo con otro con las condiciones que acordemos. Elijo el género del otro, lo que compartiremos, la duración de nuestra unión, el número de personas a las que quiera unirme (me decía recientemente un interlocutor en un programa de radio que él pensaba que no teníamos porqué limitar el amor esponsal a una persona, que se podía compaginar con dos o tres incluso). Es un pacto de común acuerdo a lo que se somete nuestra relación.

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Entonces no tendría demasiada diferencia con dos amigos que comparten piso ¿verdad?

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En última instancia, sí. Que comparten piso y lo que decidan compartir. Pero no es un amor que tiene naturaleza y su verdad, verdad a la que ellos se someten. Así entendido, ellos crean la relación y la dibujan, y acuerdan también llamar a eso amor. Es tanto como decir que el amor no existe, lo que existe es el acuerdo pactado.

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¿Una característica de esta pareja podría ser la fragilidad?

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Más que frágil diría que es efímera. Tiene la precariedad de lo sentimental. Acaba por depender del capricho.

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¿Por qué este tipo de pareja está relacionada con los convencionalismos?

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Porque si lo importante es lo subjetivo, la boda no es solo superflua, sino extraña. Introducir elementos objetivos y vinculantes en algo que es subjetividad pura, es introducir algo extraño a la relación. Es lo de menos, pero ya es demasiado.

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El tipo de pareja que planteas es aquella que surge cuando la relación se plantea desde el “nosotros”, es decir desde la cooperación, la ayuda, la superación del egocentrismo, la disponibilidad a cambiar…

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Sí. Si el hombre y mujer se entienden no como individuos sino como personas, la cosa cambia. La persona no es libertad, sino que es libre. La libertad no es sustantiva sino adjetiva. Cada persona realiza la propia existencia con decisiones libres que le comprometen, que le vinculan y transforman. Busca la unión y necesidad creciente con el otro, como forma concreta de realizar el mejor yo posible, una existencia que merece la pena ser vivida. No busca la independencia, sino la fecundidad.

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Esta pareja posiblemente será mucho más sólida sin embargo.

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El amor siempre está al borde del precipicio, cada día puede romperse. Pienso que eso no significa que sea frágil, sino que vive de la libertad, y la libertad es libre cada día. El amor puede ser robusto. La fragilidad o solidez depende de la unión conquistada. Y la unión tiene forma de amor-donación, amor-apreciación y amor-necesidad. Este tema lo traté detenidamente en el libro que titulé Construir el amor.

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¿Por qué en este tipo de pareja la unión existe antes del ritual?

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El ritual no es nada añadido a la unión. Es la entrega que se hace pública. Como la relación es objetiva, es unión real, no le resulta incómodo hacerlo de manera festiva, oficial y pública, asumiendo unos deberes y unos derechos. El amor esponsal es así. Es entrega de hecho y de derecho, afectiva y efectiva, subjetiva y objetiva, íntima y pública, libre y jurídica, personal y social.

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¿En qué sentido el amor está relacionado con el cuerpo?

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En todos los sentidos. Quien ama es la persona, el yo total, cuerpo y espíritu. La sexualidad no es deporte, no es biología, sino lenguaje de la persona. El cuerpo ama y el alma besa. Yo vivo entero en la punta de mis dedos. El amor está encarnado, y el cuerpo está enamorado.

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¿Con qué finalidad has incluido los dos apéndices finales “Atrevimientos” y “Decálogo para noveles en el amor”?

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Atrevimientos tiene la intención de animar a enriquecerse mediante películas, novelas y ensayos. El atrevimiento, en primer lugar, es mío, pues hay tanto bueno que destacar diez, diez y diez resulta temerario.

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El Decálogo responde a las cuestiones planteadas con más frecuencia por los noveles. He querido formularlos a modo de dichos fáciles de memorizar.

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¿Cuáles son las conclusiones que te gustaría que los lectores extrajeran de la lectura de tu libro?

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Que el amor es bello y duro. Octavio Paz lo describe con esta imagen: el amor es una rosa de sangre. Es una conquista. Es preciso saber sufrir para realizar el proyecto del amor. Los momentos de crisis son inevitables y convenientes. Las crisis tienen apellido: son crisis de crecimiento. El amor es fácil, lo difícil es domar al yo, someterlo a este ejercicio de olvido de sí, de desinterés y gratuidad que exige la formidable aventura del amor.

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¿Existe alguna receta “mágica” para hacer que nuestra pareja dure lo máximo posible?

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Encarnar el espíritu y espiritualizar el cuerpo; esto es, ganar en unidad como amante. Como siempre, perfección es unidad.

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¿Es éste un libro religioso?

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Si por religioso se entiende ligado a una dogmática religiosa concreta, no es un libro religioso. Se mueve en el plano de la antropología, partiendo –como ya hemos hablado- de la fenomenología ofrecida por buenas y muy diversas obras literarias. Si por religioso se entiende trascendente, sí: el amor es un misterio que nos trasciende y que da sentido a la exitencia, y ese es el tema que ocupa estas páginas.

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Pues esto es todo José Pedro…si quisieras añadir algo más.

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Que vale la pena superar el escepticismo que en ocasiones pueden levantar malas experiencias personales. El amor existe, y si me ha sido esquivo, tengo el reto de crecer hasta ser capaz de descubrir este misterio formidable, por lo único que vale realmente la pena vivir.

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Muchas gracias y hasta pronto.

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Gracias a ti. Se ve que has trabajado el libro. Gracias.

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© Joseph B Macgregor

\r\nwww.ciberanika.com\r\n

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